Este collarito tan mono se lo voy a regalar a mi mujer, que está igual de pirada que yo, oyes...

En verdad que es sabio el acervo popular cuando dice aquello de que "a cada cerdo le llega su San Martín", porque hace un par de días sin ir más lejos le tocó irse al otro barrio listo de papeles y sin haber hecho testamente al buenazo de Steve Irving, el Gran Loco Australiano (si es que existe algún australiano que esté bien de la mollera, vamos), al que tal vez muchos no conozcáis por su nombre, pero sí en cambio raro será el que no lo identifique como el amo y señor de la serie de TV "The Crocodile Hunter", o "El Cazador de Cocodrilos" para aquéllos víctimas de la LOGSE. Sí, vamos, ese tío rubio y de piel más bien rojiza, vestido con camisa y pantalón corto caquis, botazas negras de montaña, y que siempre andaba metido hasta el cuello entre serpientes, cocodrilos, caimanes, monacos, orangutanes, tiburones, y bichejos varios, todos ellos de la peor y más peligrosa especie. Ese mismo que, boa constrictor en mano, te soltaba aquello de "UUUaaauuuhhh... ¿habéis visto que boca tiene?, ¿y qué mandíbulas?; si consiguiera morderme no conseguiría dar seis pasos sin caer al suelo fulminado... ¡Verdad que os parece preciosa!"... Y así siempre, programa tras programa, diciendo lo bonitos y preciosos que son las alimañas más mortíferas de este terruño cabrón que llamamos Tierra.

Pues bien, al tipo se le acabó la suerte, el otro día se dejó hincar el diente por no sé qué criatura marina de armas tomar y se fue para el otro barrio cagando leches, con lo cual, para nuestra desgracia, el papel de icono australiano por excelencia en todo el orbe vuelve a recaer en la figura del ínclito "Cocodrilo Dundee".

Al menos cabe reconocerle al Irving de las narices que tuvo una muerte digna de la vida que quiso llevar, quiero decir que murió en lo suyo y por cabezón, por no saber ni querer decir basta en asuntos de tanta peligrosidad que antes o después siempre la diosa Fortuna te ha de dar la espalda. Quiero decir que hay muertes mucho peores, como agonizar en un hospital víctima de un sidazo o un cáncer, pegado a una máquina; dar el adiós a los tuyos y tu hipoteca porque un gilipollas borracho y drogado hasta las cejas se salta la mediana y se te empotra de frente a 180 por hora; o que el hijoperra de tu marido te pegue una paliza, después te prenda fuego, y luego, el muy torpe y cabrón, a la hora de matarse a sí mismo, no sea capaz, y en lugar de llevárselo derechito a Alcalá Meco, tengamos todos que pagarle la UVI con nuestro pequeño robo mensual de la Seguridad Social...

Hay muerte y muertes, y cabrones y cabrones.

Ahora se entiende mejor lo de las lágrimas de cococrilo, amigos.

Y Esteve Irving fue un cabrón bonachón al fin y al cabo, me caía un poco bastante gordo porque era precisamente lo contrario que nuestro gran y llorado Félix Rodríguez de la Fuente; convirtió el periodismo científico en circo mediático, transformándose de paso él en Ídolo Nacional, llevando a veces sus actuaciones a un paroxismo de absurdo harto discutible: podía haberse convertido en estandarte de la lucha por la conservación de la fauna sin haber hecho tanto el payaso, digo yo, pero ya se sabe, los quince minutos de gloria warholianos pesan lo suyo, y el bueno de Irving, que en paz descanse, tuvo sus quince, y no contento, apostó por llegar a los 15000, hasta que el pobre bicho de marras, harto de que le tocaran los huevos para que el menda hiciera sus gracietas en televisión, se cansó y le dio pasaporte.

Cosas que pasan en este nuestro Mundo Zafio...

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Fdo: El Vaugan